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FAMÍLIA, FUNDAMENTO DA SALVAÇÃO
Documento sem título




 
 
26/10/2017
A abominação está para explodir
Artigo muito importante, em espanhol, para quem consegue entender
 
Nuestros Artículos

La inquietante concepción protestante de la Eucaristía por parte de Francisco y su posible abolición mediante la anáfora de Addai y Mari

Por Antonio José Sánchez Sáez

Artículo sobre Francisco y la Eucaristía

  1. INTRODUCCIÓN: EL DOCUMENTO DEL “CONFLICTO A LA COMUNIÓN. CONMEMORACIÓN CONJUNTA LUTERANO-CATÓLICO ROMANA DE LA REFORMA EN 2017” COMO POSIBLE RAMPA DE SALIDA PARA LA ABOLICIÓN DE LA MISA

Hace unos meses dábamos la voz de alarma en este artículo (1) ante el devastador ataque a la Eucaristía que suponía la publicación del Documento “Del conflicto a la comunión”, publicado en octubre de 2013. Dicho Documento había sido aprobado por el Pontificio Consejo para la Unidad de los cristianos, presidido por el Card. alemán Walter Kasper, teólogo de cabecera de Francisco, cuyas tesis favorables a dar la comunión a las personas que vivan en adulterio y sin castidad parecen haber sido apoyadas plenamente en Amoris Laetitia.

Mi artículo se titulaba “HACIA LA DESACRALIZACIÓN FINAL DE LA EUCARISTÍA: EL DOCUMENTO “DEL CONFLICTO A LA COMUNIÓN. CONMEMORACIÓN CONJUNTA LUTERANO-CATÓLICO ROMANA DE LA REFORMA EN 2017. INFORME DE LA COMISIÓN LUTERANO-CATÓLICO ROMANA SOBRE LA UNIDAD”. UNA POSIBLE RAMPA DE SALIDA HACIA LA SUPRESIÓN DEL SACRIFICIO PERPETUO DE LA MISA”. Ese infame documento apoyaba veladamente las tesis luteranas sobre la Eucaristía al omitir la doctrina de la transubstanciación como doctrina necesaria de la misa católica y aspiraba, ¡horror! a crear una liturgia compartida en la que los luteranos pudieran estar cómodos, a costa de la omisión de la fórmula consagratoria. Se trataría, ni más ni menos, que de la abolición del sacrificio perpetuo de la que nos hablaba Daniel 12, 11.

Ese Documento es la gota que colma el vaso. En efecto, la Eucaristía, Cristo presente realmente bajo la especie del pan y del vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad lleva mucho tiempo sometida a un furibundo ataque, desde dentro mismo de la Iglesia católica, por parte de aquellos sacerdotes, obispos, cardenales y teólogos que se han echado en los brazos de Lutero, del judaísmo kabalístico y talmúdico y de la masonería. Baste el breve recordatorio que hacíamos en este otro artículo nuestro (2).

En el primer artículo citado, concluíamos:

“Tras desentrañar el sentido profundo de la mens de los autores del Documento que hemos comentado, creemos, tristemente, que se pretende convertir la misa en una mera “conmemoración”, quitándole su carácter sacrificial, negando la transubstanciación y sustituyéndola por una cena o comida santa, que haga de la misa un mero memorial o memoria real de la cena del Señor, apetecible para que los luteranos vengan a comulgar a nuestras misas católicas o, lo que es peor, crear una liturgia mixta luterano-católica o católica-luterana en la que todos comulguen indistintamente, eliminado el katejon necesario para la unión de las Iglesias católica y luterana, que es la Eucaristía. No por casualidad, el título del Documento es oscuro pero revelador (Del Conflicto a la comunión), a la luz de esta intención descrita”.

Está profetizado en la Revelación Pública que en el fin de los últimos tiempos la parte infiel de la Iglesia católica que apostate de la fe impondrá a toda la Iglesia la supresión de la Eucaristía, por tanto, de la misa. Así, en el Antiguo Testamento, el profeta Daniel nos habló claramente de la abolición del sacrificio perpetuo y, a continuación, de la abominación de la desolación, esto es, la entronización del Anticristo en el altar, haciéndose adorar como Dios donde debería estar el Sagrario. En Daniel 9, 27 se nos dice que el Anticristo suprimirá la misa tras los primeros 3,5 años de reinado.

Y en el Nuevo Testamento, San Pablo nos indica que hay algo misterioso que es el que retiene y lo que retiene al Anticristo (katejos, katejon). Los Santos Padres de la Iglesia consideraban que el katejos era el Imperio Romano o, al menos su orden jurídico y moral. Yo creo que hay algo más, y que ese katejos es Cristo Eucaristía. Al respecto, me remito al primer artículo citado. El mismo Cristo nos dice que el momento para huir al desierto será cuando se produzca la abominación desoladora (Mt. 24, 15-17,21), que, como hemos visto, es posterior a la supresión del sacrificio perpetuo.

Lo mismo llegó a profetizar, con profunda preocupación, el entonces Cardenal Pacelli, futuro papa Pío XII:

“Estoy preocupado por los mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima. Esa persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es una advertencia divina contra el suicidio de alterar la Fe en Su Liturgia, en Su Teología, en Su alma… Escuché a mi alrededor innovadores que quieren desmantelar la Sagrada Capilla, destruir la llama universal de la Iglesia, rechazar Sus ornamentos y hacerla sentir remordimientos de Su pasado histórico. Llegará un día en que el mundo civilizado negará a su Dios, en que la Iglesia dudará como Pedro dudó. Ella será tentada de creer que el hombre se ha vuelto Dios. En nuestras iglesias, los Cristianos buscarán en vano la lámpara roja donde Dios los esperaba. Como María Magdalena lloró ante la tumba vacía, ellos preguntarán, “¿Dónde lo han puesto?” (3)

Dentro de la Revelación Pública, la Tradición de la Iglesia siempre interpretó los versículos que, en la Biblia, nos hablan de la apostasía de la Iglesia advirtiéndonos que se llegaría al culmen de rechazar el mayor dogma de nuestra fe, el mysterium fidei, la creencia en la presencia real en la Eucaristía, fuente y cima la Iglesia (Ecclesia de Eucharistia, 1).  La Santísima Virgen se ha quejado amargamente de ello (4). Y como consecuencia de esa falta de fe en la presencia real se acabará suprimiendo la misa. Esta apostasía se resume en el numeral 675 del Catecismo. Pero de ello nos hablaron muchos Santos Padres de la Iglesia (5).

La misma Virgen, en lución interior al padre Gobbi, publicadas con imprimatur, nos llegó a advertir de que un día sería suprimida la Eucaristía en la Iglesia:

“La Santa Misa es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que es ofrecida al Señor en todas partes desde la salida del sol hasta el ocaso.  El sacrificio de la Misa renueva el llevado a cabo por Jesús en el Calvario. Acogiendo la doctrina protestante, se dirá que la Misa no es un sacrificio, sino tan sólo la santa cena, esto es, el recuerdo de lo que Jesús hizo en su última cena.  Y así será suprimida la celebración de la Santa Misa. En esta abolición del sacrificio perpetuo consiste el horrible sacrilegio, llevado a cabo por el Anticristo, el cual durará tres años y medio, es decir, mil doscientos noventa días” (Mensaje de 31 de diciembre de 1992).

 

Es muy probable que esta supresión la realice el falso profeta, de consuno con el Anticristo. Y es que el Anticristo tendrá su falso profeta, que le precederá, como nos dijo San Ireneo de Lyon (discípulo directo de San Juan Evangelista) en su Obra magna Adversus Haereses. Porque, al igual que Cristo tuvo un Profeta que le anunció y le allanó el camino (San Juan Bautista), predicando contra el adulterio, parece lógico pensar que el Anticristo, que es la mona de Dios, ha de tener su falso profeta, un falso papa con cuernos como de cordero (la mitra) pero que habla como un dragón (el Dragón es el comunismo marxista), que predicará que el adulterio no es pecado. Es el Anticristo de la tierra o Anticristo religioso (Ap. 13, 11-15).

 

Ana Catalina Emmerick, proclamada beata por Juan Pablo II, profetizaba al respecto que a los sacerdotes se les exigiría hacer algo con lo que muchos no estarían de acuerdo, y que, desde entonces, se dividirían en fieles e infieles. Mientras unos se aprestaban a cerrar las Iglesias y a prepararse para la defensa, otros aceptaban con gusto las reformas. Posiblemente esa orden sea, dentro de no mucho, celebrar una liturgia conjunta católica-protestante en la que no haya consagración. Se infiere de sus palabras:

Vi también en Alemania a eclesiásticos mundanos y protestantes iluminados manifestar deseos y formar un plan para la fusión de las confesiones religiosas y para la supresión de la autoridad papal. (AA.III.179)

 

¡… y este plan tenía, en Roma misma, a sus promotores entre los prelados! (AA.III.179)

Ellos construían una gran iglesia, extraña y extravagante; todo el mundo tenía que entrar en ella para unirse y poseer allí los mismos derechos; evangélicos, católicos, sectas de todo tipo: lo que debía ser una verdadera comunión de los profanos donde no habría más que un pastor y un rebaño. Tenía que haber también un Papa pero que no poseyera nada y fuera asalariado. Todo estaba preparado de antemano y muchas cosas estaban ya hechas: pero en el lugar del altar, no había más que desolación y abominación. (AA.III.188)”

 

Veo los enemigos del Santísimo Sacramento que cierran las Iglesias e impiden que se le adore, acercarse a un terrible castigo. Yo los veo enfermos y en el lecho de muerte sin sacerdote y sin sacramento (AA.III.167)”.

 

Y más claramente aún:

 

2 de abril de 1820 – Tuve todavía una visión sobre la gran tribulación, bien en nuestra tierra, bien en países alejados. Me pareció ver que se exigía del clero una concesión que no podía hacer. Vi muchos ancianos sacerdotes y algunos viejos franciscanos, que ya no portaban el hábito de su orden y sobre todo un eclesiástico muy anciano, llorar muy amargamente. Vi también algunos jóvenes llorar con ellos. (AA.III.161). Vi a otros, entre los cuales todos tibios, se prestaban gustosos a lo que se les demandaba. Vi a los viejos, que habían permanecido fieles, someterse a la defensa con una gran aflicción y cerrar sus iglesias. Vi a muchos otros, gentes piadosas, paisanos y burgueses, acercarse a ellos: era como si se dividieran en dos partes, una buena y una mala. (AA.III.162)

  1. LA CONCEPCIÓN LUTERANA DE LA MISA Y SU REFUTACIÓN EN EL CONCILIO DE TRENTO

A Lutero se le hacía duro admitir el “cambio” de sustancia (transubstanciación) y prefería hablar de coincidencia o doble existencia (consustanciación o impanación), para, en realidad, negar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. ¿De dónde viene este apartamiento de la sana doctrina sobre la Eucaristía? Como siempre, de su odio a la palabra sacrificio: al negar que la Eucaristía fuera la renovación y actualización del sacrificio de Cristo en el Calvario niega que en la Eucaristía Cristo sea ofrecido al Padre por el sacerdote, como exige el canon de la misa, donde, tras la consagración, la partición de la Hostia representa su muerte, y su consumición su resurrección. Siguiendo con esta argumentación, Lutero creía que la misa no era el ofrecimiento de un nuevo sacrificio de Cristo al Padre, y, para acabar con este sentido litúrgico es por lo que elimina ese aspecto de la celebración. Pero es que la Iglesia nunca dijo que la misa fuera un sacrificio nuevo y distinto al único sacrificio de Cristo en el Calvario. La Iglesia siempre ha entendido que la misa es la renovación y actualización de aquel sacrificio primigenio, pero que, eso sí, se repite incruentamente cada vez que se celebra una misa, no añadiendo un sacrificio nuevo al original. Lutero, como vemos, tergiversó el auténtico sentido católico de la misa porque aborrecía concebir la eucaristía como sacrificio, sacrificio cuya actualización la Iglesia católica siempre ha considerado necesaria para satisfacer al Padre y aplacar su justa ira por los pecados de los hombres, y para perdonar nuestros pecados, consumiéndola en gracia de Dios. Y ello porque la fe luterana considera que el hombre se salva por la mera fe, sin necesidad de arrepentirse ni de confesar sus pecados. Por tanto, ¿para qué actualizar el sacrificio de Cristo si no es necesario pues todos los que creamos en él estamos salvados, hagamos lo que hagamos, por su sacrificio en la cruz? Y puesto que no hay sacrificio, no hay cordero al que sacrificar… ergo Cristo no está presente en la Eucaristía, y esta es un mero recuerdo o memorial de la última cena del Señor.

Para Lutero, pues, la misa es una mera “anamnesis” o rememoración de la última cena o, como mucho, del sacrificio de Cristo, sin que este se produzca de nuevo (renovar), incruentamente, en el altar: en su opinión, en la misa el sacerdote se limita a recordar la última cena o, a lo sumo, el sacrificio de Cristo en el Calvario, mientras que para la Iglesia católica, el sacerdote rememora ese sacrificio mediante su renovación, reproduciéndolo de nuevo, místicamente, en la consagración, pero no uno nuevo, sino el mismo, sólo que ahora incruento, pero actualizado realmente y realmente realizado en el altar de la Iglesia. Por tanto, no es de extrañar que la primera fijación de Lutero fuera quitar los altares y sustituirlos por mesas, al modo de una cena. La anamnesis o rememoración luteranas, por tanto, nada tienen que ver con la anamnesis o rememoración de la Iglesia católica, y se limita a un mero “hacer memoria” o “hacer eucaristía” de meros sucesos o acontecimientos pasados.

A fecha de hoy son pocos los luteranos que creen en la presencia real de Cristo en la eucaristía. Lutero entendía que no habría transubstanciación sino una consubstanciación, de forma que Cristo estaba presente junto con el pan y el vino, de una manera espiritual, no real. La inmensa mayoría saben que sus sacerdotes no tienen sucesión apostólica y que sus ministros no están válidamente ordenados para poder consagrar, razón por lo cual se han acercado más a las tesis de Calvino y Zwinglio, según las cuales en la Eucaristía la presencia de Cristo es meramente simbólica o metafórica.

El sentido correcto del “memorial” o “conmemoración” es que renovación y actualización incruenta del sacrificio de Cristo en la Cruz lo resume perfectamente el Catecismo, número 1382:

 

“La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.”

 

Y, como consecuencia de ello, el Concilio de Trento excomulga a todos los que, como los luteranos, sólo consideren la Eucaristía como una mera conmemoración, recuerdo o memoria (esto es, no como reproducción real del sacrificio), es decir, como un sacrificio de acción de gracias, no propiciatorio:

“Can. 3. Si alguno dijere que el sacrificio de la Misa sólo es de alabanza y de acción de gracias, o mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe; y que no debe ser ofrecido por los vivos y los difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema”.

 

Cristo, muriendo en la Cruz acabó con la amartia o dominio del Demonio sobre los hombres, adquirido por culpa del pecado original, siempre que se bautice y cumpla los mandamientos, conservando, mediante el sacramento de la confesión, la gracia santificante infundida en aquél. El memorial del sacrificio de Cristo es, pues, propiciatorio, es decir, por ser una reproducción real, dentro de la Santa Misa, del sacrificio originario de Cristo en la cruz, es grato al Padre y aplaca su justa ira por nuestros pecados al tiempo que se repara por ellos y se nos infunde, mediante la consumición de la Eucaristía, estando en gracia de Dios, la fuerza para perseverar en la Verdad y para, cometido un pecado, arrepentirnos de él y volver a la vida de la gracia. La Misa es, por tanto, necesaria para que el sacrificio de Cristo en la cruz aproveche a vivos y muertos.

 

Así lo dice Trento:

 

“Cap. 2. [El sacrificio visible es propiciatorio por los vivos y por los difuntos]

 

Pues aplacado el Señor por la oblación de este sacrificio, concediendo la gracia y el don de la penitencia, perdona los crímenes y pecados, por grandes que sean. Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse. Los frutos de esta oblación suya (de la cruenta, decimos), ubérrimamente se perciben por medio de esta incruenta: tan lejos está que a aquélla se menoscabe por ésta en manera alguna [Can. 4]. Por eso, no sólo se ofrece legítimamente, conforme a la tradición de los Apóstoles, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles vivos, sino también por los difuntos en Cristo, no purgados todavía plenamente [Can. 3].”

 

La Santa Misa, como reproducción que es del sacrificio redentor de Cristo en la cruz, tiene los mismos fines y produce los mismos efectos que aquélla:

  • Adoración: el sacrificio de la Misa rinde a Dios una adoración absolutamente digna de Él. Con una Misa le damos a Dios todo el honor que se le debe. Glorificación al Padre: con Cristo, en Cristo y por Cristo. Este es el fin latréutico.
  • Reparación: fin propiciatorio, reparación por los pecados.
  • Petición: fin impetratorio. Pedir gracias y favores, pues la Misa tiene eficacia infinita de la oración del mismo Cristo.

La Iglesia católica enseña desde siempre que en la Santa Misa se actualiza, de manera incruenta, aquel único sacrificio cruento del Calvario, sacrificio incruento que consiste en que Cristo se hace presente realmente mediante la transubstanciación y es inmolado incruentamente al Padre, en reparación por nuestros pecados. No se repite un nuevo sacrificio sino que se hace presente realmente aquel sacrificio primigenio, de manera incruenta: el cordero de Dios que se sacrifica en la Misa, víctima inmaculada y grata al Padre, lo obtenemos mediante la fórmula consecratoria pronunciada por el sacerdote, que obra la transubstanciación. Ese sacrificio de la Eucaristía es idéntico al de la Cruz, porque Cristo es en ambos la víctima y el sacerdote, sólo que en la misa el sacrificio es incruento.

Y así lo dice el Catecismo de la Iglesia católica (6).

Por tanto, es herético decir, por luterano, que la Eucaristía es el mero memorial, recuerdo o conmemoración de la cena; o el mero memorial, recuerdo o conmemoración del sacrificio de Cristo en la Cruz, sin que sea necesario actualizarlo ni renovarlo y sin carácter propiciatorio. Los protestantes hablan constantemente de “memorial”, de “santa memoria” o de “recuerdo real”, “conmemoración” o “anamnesis” para hablar de la presencia meramente espiritual de Cristo en la Eucaristía, no real. En su mayoría conciben la misa como una mera cena festiva y no como un sacrificio. Y los más serios de entre los luteranos, sólo como un recuerdo del sacrificio. De ahí que ellos y otros muchos teólogos supuestamente católicos hablen de transignificación o transfinalización, pero nunca empleen la palabra transubstanciación, que odian y rechazan furibundamente, porque su idea es que la presencia de Cristo es meramente metafórica, simbólica o espiritual, como recuerdo, no como renovación del sacrificio de Cristo, presente realmente, ontológicamente, en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo las especies eucarísticas del pan y del vino.

 

El Documento “Del conflicto a la comunión” ya comentado, concluye, de manera abiertamente protestante: ““Si la comprensión de la Cena del Señor como recuerdo real se toma en serio de manera coherente, las diferencias en la comprensión del sacrificio eucarístico son aceptables para católicos y luteranos.”. La Eucaristía no es el recuerdo real de la cena del Señor, no. Es la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

 

III. PREOCUPANTE COINCIDENCIA DE LA CONCEPCIÓN QUE TIENE FRANCISCO DE LA EUCARISTÍA CON LAS TESIS PROTESTANTES: SU HOMILÍA EN LA MISA DEL CORPUS CHRISTI DEL 18 DE JUNIO DE 2017 (7)

Esa concepción luterana y protestante de la eucaristía comentada, según la cual la Eucaristía es el “recuerdo real” (nótese la tergiversación del adjetivo “real”, que siempre debe estar referido a la forma en que Cristo está presente en la Eucaristía, no al recuerdo “realista” de la cena) de la santa y última cena, parece estar plenamente presente en la homilía que Francisco profirió el pasado 18 de junio de este año 2017, en la misa de la festividad del Corpus Christi.

Ya recordamos, por cierto, que Francisco nunca se arrodilla ante el Santísimo. No lo hace nunca tras la consagración, cuando oficia él mismo la misa. Tampoco lo hace en la adoración eucarística (recordemos que Lutero la prohibió por considerar que Cristo, tras la misa, no está presente, ni siquiera consubstanciado), ni siquiera en esta festividad, a pesar de que le tuvieran preparado un mullido reclinatorio de terciopelo rojo (8). Solamente esto debería poner en guardia a los católicos honestos. Además, quitó en la diócesis de Roma la festividad del jueves del Corpus Christi, pasándola al domingo, con lo que la afluencia de fieles fue mucho menor que otros años (9). También dejó de acompañar al Santísimo en la carroza que va desde San Juan de Letrán hasta la Basílica de Santa María la Mayor, optando por hacer el trayecto en coche (¡!).

Pero veamos qué dijo. Subrayamos en negrita lo más inquietante.

“En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná» (Dt 8,2.14.16) —dijo Moisés al pueblo—. «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24) —dirá Jesús a nosotros—. El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros.

Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros.

Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, recordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos. Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte.

En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios. Ahí «se celebra el memorial de su pasión» (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona al Magníficat de las II Vísperas), del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de DiosEn la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él. Y mientras digo esto, pienso de modo particular en vosotros, niños y niñas, que hace poco habéis recibido la Primera Comunión y que estáis aquí presentes en gran número.

Así la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros.

La Eucaristía nos anima: incluso en el camino más accidentado no estamos solos, el Señor no se olvida de nosotros y cada vez que vamos a él nos conforta con amor. La Eucaristía nos recuerdaademás que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. Nos lo ha recordado san Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su «ADN espiritual», la construcción de la unidad. Que este Pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias y chismorreos calumniadores.

Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad.”

Para Francisco, por tanto:

  1. La Eucaristía es solamente el recuerdo real de Cristo, del amor que nos tiene, y de su última cena:
    1. “El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros”.
    2. “En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu”. Obsérvese que Francisco no dice que en la Eucaristía esté Jesús realmente, sino (el recuerdo de) sus palabras y gestos en la Pascua.
  2. Se omite cualquier alusión a la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
  3. Se dice que la Eucaristía no es un sacramento “para mí”, como si su dimensión unificadora del pueblo de Dios en la Verdad de la fe eliminara la dimensión sacramental que tiene parb14.a el alma del católico que la consume, por estar en gracia.
  4. La Eucaristía es un sacramento de unidad: desgraciadamente, teniendo en cuenta el concepto indiferentista de Francisco y su creencia de que todas las denominaciones o iglesias cristianas (incluida la católica), son igualmente válidas porque cada una de ellas solo posee una parte de la Verdad, y que todas ellas, por tanto, conforman un poliedro (10), mucho nos tememos que esa alusión a la unidad se quiera referir, como también advierte el Documento “Del conflicto a la comunión”, a la unidad de todos los cristianos (no sólo los católicos sino los herejes y cismáticos cristianos no católicos) bajo una Eucaristía en la que no habrá consagración ni transubstanciación, sino la mera memoria de la última cena.

Lamentablemente, esa concepción protestante o pseudoprotestante de la Eucaristía se ha dejado traslucir en otras muchas homilías suyas. Valga como recuerdo breve las siguientes:

  1. En su Homilía en la misa de la festividad del Corpus Christi, de 26 de mayo de 2016 (11) habló de “«hacer» la Eucaristía”, asimilándola al recuerdo, una vez más.

Explica que el mandato de Jesús de celebrar la Eucaristía se limita a un mero recordarle y para dar de comer a los pobres:

“Que el gesto de la procesión eucarística, que dentro de poco vamos a hacer, responda también a este mandato de Jesús. Un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para «partir» nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero.”

  1. En su Homilía en la misa de la festividad del Corpus Christi, de 4 de junio de 2015 (12)

“En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito”.

Ya no hay pan ni vino tras la transubstanciación, añadimos nosotros.

“Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores, es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar”.

La Eucaristía sólo se puede recibir en gracia de Dios, cuando no hay pecado mortal: no puede ser considerada una ayuda para que los que estén en pecado mortal (por ejemplo los adúlteros) dejen su pecado pues, como nos dice San Pablo, quien come y bebe indignamente el Cuerpo y Sangre de Cristo come y bebe su propia condenación (1 Cor. 11, 29).

  1. En su Homilía en la misa de la festividad del Corpus Christi, de 19 de junio de 2014 (13)

De nuevo, la Eucaristía entendida como simple memoria:

“purifica nuestra memoria, para que no permanezca prisionera en una selectividad egoísta y mundana y para que  sea memoria viva de tu presencia a lo largo de la historia de tu pueblo, memoria que se convierte en “memorial” de tu gesto de amor redentor. Amén”.

  1. En su Homilía en la misa de la festividad del Corpus Christi, de 30 de mayo de 2013 (14)

Niega la multiplicación de los panes y los peces, como ya hizo en otra ocasión (15)

“Un último elemento: ¿de dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta se encuentra en la invitación de Jesús a los discípulos “Denles ustedes”, “dar”, compartir.”

Asocia la Eucaristía a un mero compartir solidario:

“…también en la sociedad existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: “solidaridad”, o sea saber `poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano!”

En resumen, en ninguna de sus cinco homilías del Corpus Christi ha hablado nunca de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, operada por la transubstanciación.

  1. En su Ángelus del 23 de agosto de 2015, comentando el Discurso del pan de Vida, de San Juan, refiere incorrectamente a que ese pan es su sacrificio en la Cruz, no la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas del pan y el vino, tas la consagración realizadas en los millones de misas celebradas desde entonces hasta ahora:

“Hoy terminan las lecturas del sexto capítulo del Evangelio de San Juan, con el discurso sobre el “Pan de Vida”, proclamado por Jesús el día después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Al final de ese discurso, el gran entusiasmo de la víspera se desvaneció, porque Jesús había dicho que era el pan bajado del cielo, y que Él daría su carne como alimento y su sangre como bebida, en clara alusión al sacrificio de Su propia vida. Estas palabras provocaron la decepción en la gente, que no querían oír hablar de un Mesías que no fuera “triunfador”. Así es como algunos veían a Jesús: como un Mesías que debía hablar y actuar de tal manera que su misión fuera exitosa, ¡inmediatamente! Pero se equivocaron precisamente en esto: ¡en la forma de entender la misión del Mesías! Incluso los discípulos no podían aceptar aquel lenguaje, un  lenguaje del Maestro, perturbador. Y el pasaje de hoy se refiere a su malestar: “Es duro aceptar este lenguaje”, dijeron, (Juan 6:60) “¿Quién puede escucharlo?”.

 

Para Francisco la misa es una mesa donde no comulgamos a Cristo realmente presente sino que su presencia se limita a la presencia en la lectura del Evangelio:

 

“Todo lo que tenemos en el mundo no satisface nuestra hambre de infinito. Necesitamos a Jesús, permanecer con Él, para nutrirnos en su mesa,  con sus palabras de vida eterna! Creer en Jesús significa convertirlo en el centro, en el sentido de nuestra vida. Cristo no es un elemento accesorio: Él es el “pan vivo”, el alimento indispensable. Unirse a  Él, en una verdadera relación de fe y amor, no significa ser encadenado, sino ser [más] profundamente libre, siempre en camino”.

 

“…¿Quién es Jesús para ti? ¿Estás con Jesús? ¿Buscas conocerlo en su palabra? ¿Lees el Evangelio todos los días, un pasaje del Evangelio con el fin de conocer a Jesús? ¿Llevas un Evangelio pequeño en el bolsillo, en la cartera, para leerlo en todas partes. Porque cuanto más estamos con Él, más crece el deseo de permanecer con Él”.

  1. Francisco repartía la comunión como quien reparte una galleta, sin decir “El Cuerpo de Cristo: https://www.youtube.com/watch?v=coY__PD0oko(minuto 8).

Etc.http://www.prexeucharistica.org/_pdf/AM/AM-Anaf-06-castigliano.pdf

  1. LA ANÁFORA DE ADDAI Y MARI COMO POSIBLE INSTRUMENTO PARA ABOLIR LA TRANSUBSTANCIACIÓN EN LA MISA CATÓLICA

La iglesia caldea está en comunión con Roma. Por los destrozos causados en Irak y la diáspora posterior de los caldeos, tras la guerra de Irak, Juan Pablo II admitió que los caldeos asistieran a las liturgias asirias y participaran de su Eucaristía, y, a la inversa, que los asirios ortodoxos participaran en las misas caldeas, permitiendo la intercomunión.

JPII se basó, al tomar esta decisión, en que la iglesia asiria ortodoxa había sido reconocida como iglesia desde los albores de la cristiandad y en que (esto fue parecer de Kasper como Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, el mismo que ha apoyado y aprobado el Documento “Del conflicto a la comunión” criticado) (16), a pesar de no aparecer la fórmula consecratoria en la anáfora de Addai y Mari, de origen nestoriano, lo estaría de manera desperdigada o “eucológica”. Fue admitida la anáfora de Addai y Mari (para los asirios ortodoxos) por la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Declaración de 17 de enero de 2001, en el bien entendido de que esa anáfora incluía históricamente la fórmula oral, que se ha perdido en su versión escrita, de la fórmula consecratoria.

Sin embargo, sabiendo JPII que esa fórmula era inválida para los católicos caldeos para poder operar la transubstanciación solicitó encarecidamente a la Iglesia asiria ortodoxa (no pudiendo imponerlo porque la misma no está en comunión con Roma) que en los casos que hubiera católicos caldeos en la misa se hiciera uso de alguna de las otras fórmulas consagratorias de las que disponen los asirios ortodoxos, con fórmula consecratoria. Ya el sínodo ortodoxo asirio de 1978 en Bagdad autorizó a sus sacerdotes a introducir la recitación de la instauración eucarística en la consagración de Addai y Mari cuando hubiera fieles caldeos en la asamblea. Con ello se reafirmaba la creencia católica de que sin recitación consagratoria no existe Eucaristía. Eso mismo se reafirmó en ese Documento del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos de 2001 (Guidelines…):

“When Chaldean faithful are participating in an Assyrian celebration of the Holy Eucharist, the Assyrian minister is warmly invited to insert the words of the Institution in the Anaphora of Addai and Mari, as allowed by the Holy Synod of the Assyrian Church of the East.”

En efecto, si uno lee la anáfora de Addai y Mari, ortodoxa en sus orígenes, de tradición nestoriana, en ella no se recitan las palabras de la Consagración (“Esto es Mi Cuerpo…”… “Este es el Cáliz de Mi Sangre…”), que son las que, conforme a la Iglesia católica, operan la transubstanciación.

 

En la tradición manuscrita de esta anáfora no se encuentra inserto el relato de la institución eucarística. Ello no quiere decir que se prescindiese de la consagración, sino que el temor que había entonces a que las palabras consagratorias se profanasen porno cristianos llevaba consigo que éstas se omitiesen en los textos (se dejaron de escribir, como arcano). La prueba de la existencia oral de esa fórmula consecratoria es la presencia de una anamnesis -, la parte de la Santa Misa que sigue a la consagración- explícita en el texto.

 

La gravedad de lo que queremos denunciar en este artículo es que mucho nos tememos que dentro de poco se nos quiera decir, en la Iglesia católica, que la anáfora de Addai y Mari, sin la fórmula consecratoria, es válida para el rito eucarístico conjunto católico-luterano que parece se está elaborando en Roma, de espaldas al Card. Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos, a quien Francisco ninguneó después de que destituyera a los miembros de la Congregación heredados de la etapa de JPII y BXVI y los sustituyera por otros de marcado perfil modernista (17).

 

Aquí pueden ver la literalidad de la anáfora:

http://www.prexeucharistica.org/_pdf/AM/AM-Anaf-06-castigliano.pdf

  1. CONCLUSIÓN

Recemos todos para que Francisco vuelva a la fidelidad del magisterio de la Iglesia y no se obre por su mano la supresión del sacrificio perpetuo, con la ayuda de su teólogo de cabecera, el Card. Kasper, que le allana el camino. La excusa puede ser, con ocasión de la ¡conmemoración! Del 5º centenario del cisma luterano, la redacción de un nuevo rito conjunto católico-luterano o luterano-católico en que desaparezca la forma (la fórmula de la consagración eucarística de la misa) y, por tanto, la transubstanciación. Su admiración por Lutero, cuya estatua ¡roja! se colocó en el Aula Pablo VI ¡un 13 de octubre! del año pasado (18) y cuyas 95 tesis sostuvo sonriente en ese acto no auguran noticias optimistas. Tampoco sus muy preocupantes declaraciones sobre la Eucaristía, algunas de las cuales hemos glosado aquí, y su perturbadora negativa a arrodillarse en la consagración o en la adoración eucarísticas. Recordemos que Francisco también concelebró una ceremonia ecuménica conjunta con los protestantes luteranos en la Catedral luterana de Lund (19), nada menos que un 31 de octubre, día en que el heresiarca alemán colgó, hace ahora 5 siglos, sus 95 tesis en la puerta de la capilla del castillo de Wittenberg.  Reparemos en que, no por casualidad, el 31 de octubre es el día del Demonio en el calendario satánico (Halloween)…

La Iglesia protestante luterana sueca, que recibió a Francisco, ordena a mujeres y muchas de ellas conviven como lesbianas (20). En la Declaración conjunta firmada por Francisco tras esa celebración se comprometen a buscar soluciones para celebrar conjuntamente la Eucaristía “en una mesa” (21). En ella se dice abiertamente que ése es el objetivo.

Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa, como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro compromiso en el diálogo teológico.”

La Divina Providencia ha querido que escribamos este artículo el 2 de agosto de 2017, sin reparar que es el día de San Pedro Julián Eymard, Apóstol celosísimo de la Eucaristía, Fundador de los Sacerdotes del Santísimo Sacramento, Las Siervas del Santísimo Sacramento, Archicofradía del Santísimo Sacramento y otras obras. Que él interceda por la Eucaristía, corazón y centro de nuestra fe, más amenazada hoy que en cualquier otro momento de la historia de la Iglesia.

¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar! ¡Bendita sea la Excelsa Madre de Dios, María Santísima, debeladora de todas las herejías!¡San José Bendito, protege a tu Iglesia en esta hora oscura!

En  el siguiente enlace lo pueden descargar en PDF

Artículo sobre Francisco y la Eucaristía

 

 
 
 

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